A cultura nace nos pobos e morre nas cidades

Cores insípidos
en noites estreladas,
que bailan ó son
da música do teu respirar.

Cartas escritas
e non enviadas,
que arden no lume
dunha noite de San Xoán.

Números vermellos
en contas olvidadas,
para facerte lembrar
o precio do teu soñar.

Almas xemelgas
con receita separadas,
olleiras escuras
son fillas do cantar.

Vento nordeste
nunha praia cercana,
faime lembrar o sol
que fixeches que se agochara.

 

POR: MARINA SEIJAS ROSENDE
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A Berlín

A Berlín
Paraje de hormigón
De masacre inolvidable
Sangre de mestizaje
Y carácter viajero

Cuna del amor
libre
Y de la libertad
coartada
En noches que incesantes
los tres días alcanzan

Berlín ciudad partida
Por avenidas viscerales
Y ambientes aún grisáceos
de una niebla matutina
Que sin querer
aletarga

Ai, Berlín
De veranos infinitos
y transportes infernales
de agua fría sin salitre
y seriedad implacable

Equinoccio influenciable
de una luz que disminuye
en amarillos otoñales
y tristeza inquebrantable

Huyo de ti, Berlín
y de tu inminente
invierno

Y aunque insegura
me alejo
Llevo conmigo las hojas
que en mi ropa tus árboles
esparcieron

Marina Seijas Rosende

 

Un día conseguí abrir los ojos cerrándolos

Me levanto cada día
a las siete de la mañana
pero en realidad
intento despertarme
desde hace veintiséis años
y medio

Cumplo años
cada vez más rápido
y sumo sueños

cada vez más lento

Vivo
duermo
quiero
bebo
y las resacas
me vuelven a durar menos

A petición
del público
amé
y por amor propio
dejé de hacerlo

Y dime tú,
de que sirve  morir libre
si te pasas la vida pensando
que en cada paso,
estás muriendo

 

Marina Seijas

Y los sueños, sueños son

Una voz susurraba:
puentes sobre carreteras,
son metáfora de un río olvidado.

Me miro al espejo
y no reconozco mi boca.

Dos ojos verdes
miran el espejo a mi lado.
trozos de revistas en el suelo,
manos entrelazadas,
entre mis piernas.

Me miro al espejo
y no reconozco tu boca.

Puentes sobre carreteras,
metáfora de un río olvidado.
Repites.

No siento las rodillas,
alguien dibuja una sonrisa en mi cara,
en el espejo.
Me acuerdo de una canción,
y de que esa sonrisa era mía.

Puentes sobre carreteras,
susurro,
pero los cristales se empañan
y no encuentro tu boca.

Marina Seijas

Sentía como un niño de vésporas no corazón

Calan os montes,
bailantes de verde
tan lonxe dos meus pes
como da túa espalda

Cala un tren,
en Hansaplatz
nunha tarde de choiva
tranquila

Calan uns nenos na rúa,
fillos de mulleres
e borrachos

Calan uns cans,
solitarios paseantes
de mirada alegre
e distraída

Cala un músico nun parque,
transeúnte
nunha cidade
chea de músicos
e parques

Calan unhas mans,
na ladeira do corazón
que bate
baixo o meu peito

Calan unhas pernas,
camiñantes nos meus soños
que corren para despertar
no lugar onde están esas mans

Cala miña mente,
ventá ó paraíso
que so eu sei
calar

Chega un tren,
e eu calo
como calan os montes
bailantes ó lonxe

Marina Seijas

El olloume fixamente, cunha ollada de uranio

Queríamos nadar
e fomos nadando
ata onde xa non tocábamos
cos pés no chan.

Camiñamos polos montes
co sol
pegándonos na espalda,
porque nós
so queríamos disfrutar
dos poucos días de calor,
xuntiños.

Foi ese verán
dun ano impar,
cando eu voltei a Galicia
e ti,
aínda me esperabas,
como quen espera o seu erro preferido.

Sentámonos debaixo da figueira,
que sempre fora
a túa árbore favorita.
“Xa non temos tempo” dixeches
mentras eu miraba o ceo,
“ti sempre estás a marchar”.

Calei
e mirei meu reflexo
nos teus ollos.
Eu sorría.
Ti non entendías
que o tempo é só
de quen o sabe apreciar,
e nós sabíamos aprecialo,
xuntiños.

Foi ese outono,
dun ano aínda impar,
cando eu marchei de novo.
E foi ese inverno,
dun ano que agora xa era par,
cando ti deixaches de esperar,
como quen deixa de disfrutar do seu erro preferido.

 

Marina Seijas

Llegar, y a los cinco minutos ser de aquí

Un hombre que camina se para en seco,
el sol se refleja en el cristal de un coche,
una pareja de ancianos
tocan y cantan

la misma canción de cada día.

Me siento en un banco,
que mira a una ventana,
y yo miro a la ventana

durante horas.

Una hoja cae de un árbol,
guardo la hoja en un libro,
una señora se sienta en el banco,
hace muchísimo sol.

Pienso en cortarme el pelo,
pienso en las tonterías que estoy pensando,
bebo agua y escribo algo:
me siento como en casa.

Un perro viene corriendo con una pelota,
su dueño se disculpa.
He aprendido otra canción,

estoy deseando ir a tocarla.

Dejo una nota en el banco,
camino toda la calle

por una cuesta enorme,
veo mi reflejo en un cristal,
me río.

Una pareja de ancianos
sigue tocando

la misma canción de cada día.

No encuentro las llaves de casa.

Estoy viva.

 

Marina Seijas.