El hombre libre no necesita un dios

Trescientas treinta y tres olas de calor
para conseguir convertir
esta lluvia en el alma,
en su
dor.

Paseos verticales por franjas horarias,
noches sin sentido:
alcohólicas y perturbadas,
para poder librarme

cil
men
te
de la agonía de no ser yo
en una ínfima realidad,
que por cierto,
nunca había sido nuestra.

Nuevas caras,
manos y espaldas,
acentos imprevisibles
que se entrelazan con canciones extasiadas,
durante 223 madrugadas,
con sus 223 resacas.

Y yo,
aquí todo el invierno,
intentado evitar utilizar un grano de arena
para describir toda la playa.

Como si fuera fácil predecir
que esto iba a ocurrir.
Esto de lavarme otra vez la cara,
cada mañana de esta primavera
casi a
ca
ba
da
sonriéndole a una nueva estación
que viene corriendo
riendo
y hablando
sobre vidas que acaban,
y vidas que empiezan.
Con toda la felicidad que eso conlleva,
y con todos los muertos que esa felicidad supone.

 

Marina Seijas.

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