El hombre libre no necesita un dios

Trescientas treinta y tres olas de calor
para conseguir convertir
esta lluvia en el alma,
en su
dor.

Paseos verticales por franjas horarias,
noches sin sentido:
alcohólicas y perturbadas,
para poder librarme

cil
men
te
de la agonía de no ser yo
en una ínfima realidad,
que por cierto,
nunca había sido nuestra.

Nuevas caras,
manos y espaldas,
acentos imprevisibles
que se entrelazan con canciones extasiadas,
durante 223 madrugadas,
con sus 223 resacas.

Y yo,
aquí todo el invierno,
intentado evitar utilizar un grano de arena
para describir toda la playa.

Como si fuera fácil predecir
que esto iba a ocurrir.
Esto de lavarme otra vez la cara,
cada mañana de esta primavera
casi a
ca
ba
da
sonriéndole a una nueva estación
que viene corriendo
riendo
y hablando
sobre vidas que acaban,
y vidas que empiezan.
Con toda la felicidad que eso conlleva,
y con todos los muertos que esa felicidad supone.

 

Marina Seijas.

¿A qué sabe el mañana cuando el amor dura lo que dura un beso?

¿Qué se siente a las 5 de la mañana
sin barreras que te impidan besar
sin nada que te impida ser besado?
Cuando saben a alcohol los besos.
Cuando las caricias se vuelven mordiscos.
Cuando una sonrisa es una invitación a una cama.

¿A qué sabe el amor cuando es pasajero?
Cuando cada beso es  una canción.
Cuando la incertidumbre es el único imán
para unir a dos desconocidos.

¿A qué sabe el amor cuando no se siente?
Cuando no se necesita separar la verdad  de la mentira.
Cuando el instinto animal es quién te guía.

¿A qué sabe el mañana cuando el amor dura lo que dura un beso?

 

Marina Seijas.