El ir derecho acorta las distancias, y también la vida.

Lo infinito, cualquiera podría aniquilarlo en un instante.
Subir, subir y, alcanzada la cumbre, se contempla un abismo.
El sendero que sube es el mismo sendero cuando baja.
En mi último instante, toda mi vida durará un instante.
Cuesta al hombre un continuado esfuerzo ser un hombre más.
La vida duraría más si las cosas de la vida no durasen tanto.
Cuando el amor es fuerte, el más leve aletear lo espanta.
El alma que no encontré en ninguna parte hizo de todas las partes un alma.
La primavera del espíritu florece de invierno.
Donde el mal crece, el pequeño bien se agranda.
Nuestro débil hilo de afecto que tan fácilmente se rompe y que al romperse nos precipita en los abismos del mundo, sostiene el mundo.
El hombre es la obra efímera de su propia obra eterna.
Nuestros fríos hallan un hueco de calor en los cuerpos fríos.
Miles de soles lejanos no disipan la noche.
El ocaso de las primeras palabras comienza en las segundas palabras.
La quietud me agita y a veces me agita tanto que la necesito.
El dolor que se muestra o no es dolor o lo es mucho.
Si yo fuese más pequeño, ¡qué pequeña sería, a mi lado, una montaña!
El mundo parece ser una masa de receptáculos vacíos, devorándose a sí misma, para llenarse de receptáculos vacíos.
El esforzarse de unos para obtener lo que otros obtienen sin esfuerzo, envilece el esfuerzo.
Tu sangre es fuego y en tus ojos nieva.
Ser amado puede no ser lo peor, pero no es lo mejor.
Lo eterno es el producto de efímeras vidas.
Un alma que se expande al infinito, en la mano apenas es un hálito.
El hombre, punto luminoso de su propia noche, cuando quiere borrarla, se extingue.
Lo bello se halla removiendo escombros.
Lo amargo, cuando brota de una fuente dulce, es realmente amargo.

Voces abandonadas. Antonio Porchia.

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El poeta está ahí para que el árbol no crezca torcido

En aquel tiempo yo tenía veinte años
y estaba loco.
Había perdido un país
pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar
ni estudiar en la madrugada
junto a los perros románticos.
Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu.
Una habitación de madera,
en penumbras,
en uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
y visitaba el sueño: estatua eternizada
en pensamientos líquidos,
un gusano blanco retorciéndose
en el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
y aquí me voy a quedar.

Roberto Bolaño. Los Perros Románticos.

Si invierto las pocas neuronas que tengo en identificar mis puntos en común con mis coetáneos, ¿qué estoy haciendo?

<<Nadie "se separa", Rímini. Las personas se abandonan. Ésa es la verdad, la verdad verdadera. El amor podrá ser recíproco, pero el fin del amor no, nunca. Los siameses se separan. Y no, tampoco: porque solos no pueden. Los tiene que separar otro, un tercero: un cirujano, que corta por el medio el órgano o el miembro o la membrana que los une con un bisturí y derrama sangre y la mayoría de las veces, dicho sea de paso, mata, mata a uno, por lo menos, y condena al otro, al sobreviviente, a una especie de duelo eterno, porque la parte del cuerpo por la que estaba unido al otro queda sensibilizada y duele, duele siempre, y se encarga de recordarle siempre que no está ni va a estar nunca completo, que eso que le sacaron nunca podrá volver a tenerlo. >>