Ahora dentro de un rato

Por la gente con hipo
y la que responde siempre con un
“te jodes y bailas”
los de los abrazos eternos
top 1 gratis
y las palmadas en la espalda
muy bien campeón

los de los cafés por las mañanas
solos
con hielo
sin azucar
y que siguen cenando Cheerios

los de las cañas a las 8 de la tarde
a partir del 21 de Junio
motivados

los que siempre saben
donde meter una
frase de los Simpsons
y que cuando les preguntas la hora te dicen
“la hora de aventuras”

los que escuchan canciones ridículas
y lo dicen
los que cruzan sin mirar
y los ciclistas kamikazes
que queman rodillas
y nunca te dicen nada
al saltarte un semáforo

los que siguen gritando “Gerónimo”
al tirarse por cuestas
y saludan diciendo
“que pasa por tu casa”

los que siguen utilizando las palabras
membrillo
merluzo
y gilipuertas
para insultar

y
porsupuesto
aman los polos de limón

todo mi amor

te jodes y bailas

we

La vida me está haciendo el amor despacio, y voy a dejar que siga rascándome la espalda.

Aunque tenga una picadura de mosquito desde hace 3 meses, las cosas están ahí por algo, como los asuntos pendientes, y si no se va, es porque no dejo que se vaya. Porque las heridas abiertas siempre fueron más reales que las cicatrices, aunque sangren y duelan. Cada vez que me rasco la pierna soy un poco más feliz y, recordando todo, la herida se hace más pequeña.
Porque lo único que me gusta de los relojes es que son tiempo, y del tiempo, es que es igual aquí y allí. Que hasta soy nostálgica para eso, para cambiar el reloj de hora. Pero feliz.
He cogido 3 aviones y he enterrado muchísimas cosas. Pero nunca me despedí. Nunca me despedí de nada, para tener que volver a dar explicaciones.
Que no huí, aunque lo parezca, y no tenía miedo de la lluvia ni de la soledad de las puertas cerradas. Simplemente tenía las cosas demasiado claras como para saber lo que hacer.
Y ahora ya se como no volver a caerme sin tirarme.
Porque lo que quiero es tirarme todo el rato.
Y no me voy a caer.

Hay ausencias que representan un verdadero triunfo

Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí durmiendo y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras.
Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy durmiendo, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, parece que te enfadas por alguna cosa, no demasiado, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que tu hermosura, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú quién golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.

No puede ser que estemos aquí para no poder ser

El río. Julio Cortázar.

¿Qué pasa detrás de un muro cualquiera?

Cuelgo un cuadro en la pared. Enseguida me olvido de que allí hay una pared. Ya no se lo que hay detrás de esa pared, ya no se que hay una pared, ya no se qué es eso de una pared. Ya no se que en mi apartamento hay paredes y que, si no hubiera paredes, no habría apartamento. La pared ya no es lo que delimita y define el lugar en que vivo, lo que la separa de los otros lugares donde viven los demás, ya no es más que un soporte para el cuadro. Pero también me olvido del cuadro, ya no lo miro, ya no sé mirarlo. He colgado el cuadro en la pared para olvidar que allí había una pared pero, al olvidar la pared, me olvido también del cuadro. Hay cuadros porque hay paredes. Es necesario olvidar que hay paredes y, para ello, no se ha encontrado nada mejor que los cuadros. Los cuadros eliminan las paredes. Pero las paredes matan a los cuadros. O, si no, habría que cambiar continuamente, bien de pared, bien de cuadro, colgar de continuo otros cuadros en las paredes, o cambiar el cuadro de pared todo el tiempo. Podríamos escribir en las paredes (como se escribe en las fachadas de las casas, en las empalizadas de las obras o en los muros de las prisiones) pero rara vez lo hacemos.

Especies de espacios. Georges Perec

Cuando pica, cura

La persona más feliz del mundo, tenía el pasado más puto y pobre nunca imaginado. Era, en cambio, la persona más rica. Me contó que la vida era como las heridas que te hacías en las rodillas cuando eras pequeño, que les echabas curocromo y ya está, a por la próxima. Que por todo el odio le gustaba querer. Y le gustaba sentirse querido, pero no era una necesidad vital saber por quien. Que las noches en la calle no eran frías cuando veía las estrellas, y los días no eran duros porque siempre había alguien con quien hablar. No sabía leer pero tenía un escritor al que amaba, que era el que había elegido después de escuchar todas las historias que le habían contado. No sabía ni los nombres de las notas ni lo que era un pentagrama, pero hacía virguerías con una guitarra viejísima que le habían regalado y que estaba afinada a su manera. Se pasaba los días paseando y cantando. Le daba igual ir a cualquier lado porque no tenía que aferrarse a nada ni tenía que volver a ningún lugar. Recordaba a todas las personas que habían pasado por su vida aunque solo hubieran compartido los dos tragos finales de una cerveza. Y se había enamorado de la arena y del mar, porque decía que él era como el agua, que iba de un lado a otro, mezclándose con lo que se le cruzaba, y que nunca sabía donde se iba a parar. Pensaba que las personas tristes lo eran porque no sabían apreciar el color del cielo cuando salía y se ponía el sol, que se limitaban simplemente a sufrir por el daño que la gente les hacía, mientras las mejores horas del día se iban, que eran todas. Hablaba de la muerte pero no como una vía de escape a todo lo que no tenía o no podía ser, si no que la comparaba con el final de una buena canción. Una canción para cada persona, que solo sonaba una vez. Por eso amaba vivir, porque no podías hacerlo más de una vez.

A él le sudaba la polla todo y nosotros nos quejamos porque nos pican los mosquitos.

Soy un paranoico al revés. Siempre sospecho que la gente está planeando algo para hacerme feliz.

Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de esas.

Una de las cosas malas que tengo es que nunca me ha importado perder nada. Cuando era niño, mi madre se enfadaba mucho conmigo. Hay tíos que se pasan días enteros buscando todo lo que pierden. A mí nada me importa lo bastante como para pasarme una hora buscándolo. Quizá por eso sea un poco cobarde. Aunque no es excusa, de verdad. No se debe ser cobarde en absoluto, ni poco ni mucho. Si llega el momento de romperle a uno la cara, hay que hacerlo. Lo que me pasa es que yo no sirvo para esas cosas. Prefiero tirar a un tío por la ventana o cortarle la cabeza a hachazos, que pegarle un puñetazo en la mandíbula. Me revientan los puñetazos. No me importa que me aticen de vez en cuando —aunque, naturalmente, tampoco me vuelve loco—, pero si se trata de una pelea a puñetazos lo que más me asusta es ver la cara del otro tío. Eso es lo malo. No me importaría pelear si tuviera los ojos vendados. Sé que es un tipo de cobardía bastante raro, la verdad, pero aun así es cobardía. No crean que me engaño.

El guardián entre el centeno. J. D. Salinger