Cocos, cocos everywhere

Lo que más mola de dormir es despertarte y decir: “Enserio?!”

Esta noche, soñé que estaba en mi casa durmiendo y que al despertarme mi madre me decía “mientras te hago el café coge cocos de la palmera”.
Yo, que era una especie de Mogli, de niña de la selva, me subía a la palmera a por los cocos.

El sueño sería aceptable si terminase aquí. Pero no.
Acto seguido, volvía a despertarme en otra casa diferente, iba a la cocina y mi madre me decía “mientras te hago el café coge cocos de la palmera”.

…y así cuatro veces.

¿Enserio? Creo que mi subconsciente quiere cocos.

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You’re searching so hard, you’ve lost yourself

Hoy me he despertado pensando que estaba en mi cama, pero inmediatamente un muelle se clavó en mis costillas y me di cuenta de que estaba equivocada. Estaba en mi cama, pero en la otra, no en la quería estar.
Todos los años es lo mismo, desde mediados de enero hasta mediados de febrero (el mes de la muerte) me pregunto para que coño sirve tanto esfuerzo, si al final, tengamos un título universitario o no, todos vamos a acabar igual (en Brasil, en una playa paradisíaca, tomando el sol en una hamaca que cuelga del tronco de dos palmeras).

El caso es que, me he parado a pensar que… si el mundo se termina en diciembre de este año, y yo (por favor) termino la carrera en junio… me quedarían poco más de 5 meses para viajar y conocer todo lo que me falta.
Como siempre en temporada de exámenes, hay cosas mucho mejores y más divertidas que pasarse horas y horas estudiando o haciendo trabajos que, en la mayoría de los casos no me aportan nada. A mi me gusta especular sobre el futuro, en concreto sobre cual será el siguiente lugar en el que viva.
Desde septiembre he cambiado tantas veces de opinión sobre donde viviría el año que viene… Empecé pensando que me quedaría en Barcelona, si, por lo menos un año más, me busco un trabajo y me automantengo un tiempo, total se está bien. Idea borrada. Después: me voy a Londres, si, fijo, hay mucho trabajo, te explotan, pero bueno es un año, y así practico inglés. Más tarde, la idea de Londres se mezcló con un Berlin bastante apetecible: vivir en un ático, aprender alemán, festivales, exposiciones, conciertos, etc… Ahora mismo, he vuelto a lo que ya pensaba antes de todo esto: me iré a Brasil, a una casa que no esté muy lejos de la playa, que pueda ir caminando, llevaré siempre las piernas al aire y estaré muy morena, me despertaré temprano y me iré a la playa a por las primeras olas del día, después, me pasaré por el mercado y compraré frutas exóticas, me haré una macedonia y me la comeré en la terraza de mi casa, por la tarde habrá mil planes posibles y, de noche iré a algún bar en el que haya música en directo o a bailar samba.

Pero, por ahora, creo que debería bajar la pantalla del portátil e irme a dormir… por eso de que mañana será un sábado de esos en los que madrugas, bajas a desayunar y vuelves inmediatamente a tu casa, te encierras en tu habitación, te sientas delante de tu escritorio y doblas los brazos apoyando los codos sobre la mesa y colocas la cabeza en las palmas de tus manos, mientras asimilas (o lo intentas) la misma información que te llevan repitiendo durante 4 años pero con diferentes palabras. A misma merda cun nome distinto.

Son las 4:30 de la mañana. Siempre son las 4:30 de la mañana.

Y cuanto todo se empieza a terminar es cuando pienso que realmente un mes no era tanto tiempo.
Han sido vacaciones, pero no han sido navidades. Mi madre ha decidido ponerse en huelga – navideña y no hemos decorado nada, no hemos cantado villancicos (bueno, esto realmente nunca lo hemos hecho) y ni siquiera hemos comido turrón en noche buena (con la fiesta, se nos olvidó completamente).

Papa Noel no existe, nunca lo ha hecho. Ya no existía aun cuando los reyes no habían dimitido para pasarles a mis padres su trabajo de la noche del 5 al 6 de Enero porque ellos están demasiado ocupados repartiendo todos los regalos que tienen (pobres…). Un día Baltasar me contestó la carta en la que yo había escrito todo lo que quería diciendo que ahora ese trabajo estaba en manos de mis progenitores, que ellos, con la crisis y todo eso, habían tenido que despedir a los pajes, y el trabajo se les acumulaba. Lloré toda la noche. Lo del Ratoncito Pérez lo podía entender pero esto… no. Intenté mantener el contacto con ellos, pero no me volvieron a contestar a ninguna carta. El trauma es intenso.

Pero, dejando a parte todo esto, estas adorables 3 semanas que llevo en casa me han servido para darme cuenta de que la ITV de un coche sin luces y con las ruedas gastadas se pasa tranquilamente siendo mujer, que los viernes en un pueblo de 13000 habitantes pueden convertirse en grandes noches, que empezar un jueves con vino de 0,60€, spaggettis, mi hermano y mis hermanas puede ser un gran comienzo, que las fiestas de fin de año en las que te gastas 6 euros molan mucho más que el postureo de pagar 50, las resacas, que hay domingos que se te van de las manos y domingos que no sales de casa, que madrugar para irte a la playa siempre cunde. No dormir. Dormir poco. Salir. Salir mucho. Surfear. Abrir un nuevo blog. Pasear con mamá. Pasar poco pero mucho tiempo en casa.